
Aruba, Curaçao, Isla Margarita, Grenada, Barbados y Mayreau. Nombres exóticos que ni los genios de primaria saben ubicar en el mapa sirven de escala en una travesía del sur caribeño, en ocasiones de postal, pero casi siempre visto desde lejos. No es el crucero un viaje tan descansado como podría pensarse. Es la entelequia del turista porque en general llega, fotografía y se va. No tiene tiempo para dejar que el entorno discurra a su alrededor, porque él es el que se mueve al ritmo endiablado de las hélices del barco, los toques de sirena y el característico ruido de los eslabones de la cadena del ancla repiqueteando contra el casco. No están las maromas extendidas y atadas al noray más que de día y los pasajeros cual cenicientas deben ajustarse al horario salvo que quieran quedarse en tierra.

Sorprenden la cantidad de parejas y grupos de veinteañeros a bordo, los arriesgados abuelos escalando los acantilados interiores del barco, el deambular de las viejas loros con peinados enlacados que desafían las leyes de la gravedad y la abundancia de parejas maduras en busca de inspiración sexual. Abstenerse claustrofóbicos, bulímicos, aquafóbicos, anarquistas y donjuánicos. Por supuesto, también deben quedarse en tierra los alérgicos al mareo, que el mar Caribe es de sube y baja como cualquier otro. Es un viaje para madrugadores, adictos a la lujuria alimentaria, repartidores de tarjetas personales y mirones y exibicionistas de todo tipo. Para los buceadores y los románticos acertarán si se mantienen en su mundo. Para grandes familias con posibles en suite con balcón al mar y jacuzzi en la habitación. Para oportunistas del dos por uno que terminan en la cubierta 11 bajo la línea de flotación, en el camarote interior junto a los marineros coreanos y la lavandería, y disfrutan. Para tragaldabas que gustan del farde internacional sin tener ni pajotera idea de idiomas. Para los aspirantes a enólogos y que pueden permitirse cinco kilos más. Y sobre todo para aquellos a los que una semana de vacaciones debe cundir como 100 y costar menos de lo que vale, sin plantearse a costa de qué o de quién. Para compensar están las propinas.
Eduardo López Alonso. Redactor de El Periódico de Catalunya
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